FICHA DE CÁTEDRA:
SUJETO: DE LA MODERNIDAD A LOS NUEVOS SUJETOS PEDAGÓGICOS
Exclusivamente de circulación interna.
Versión sujeta a revisión.
Autoras: Lic. y Prof. Alejandra Carbajo - JTP Ordinaria
Prof. y Lic. María Consuelo Hernaiz –Adjunta Ordinaria
SUJETO, MODERNIDAD Y EDUCACIÓN
La noción de sujeto es una noción extremadamente controvertida.
Desde el principio, se manifiesta en forma paradojal: es, a la vez, evidente
y no evidente. Por un lado es una evidencia obvia, dado que en casi todas las
lenguas existe una primera persona del singular; pero también es una
evidencia a la reflexión, tal como lo ha indicado Descartes: si dudo,
no puedo dudar de que dudo, por lo tanto pienso, es decir que soy yo quien piensa.
Es en ese nivel donde aparece el sujeto.
Sin embargo, la noción de sujeto no es evidente: ¿dónde
se encuentra ese sujeto? ¿Qué es? ¿En qué se basa?
¿Es una apariencia ilusoria o bien una realidad fundamental? Por supuesto,
puede aparecer bajo la forma de realidad suprema. Así, cuando el Eterno
se aparece ante Moisés, a la pregunta de Moisés: “¿Quién
eres Tú?”, El Eterno responde: “Yo soy quien soy” o,
en otra traducción: “Yo soy el que soy”. Dicho de otra manera,
Dios aparece como la subjetividad absoluta.
En muchas filosofías y metafísicas, el sujeto se confunde con
el alma, con la parte divina o, al menos, con lo que en nosotros es superior,
ya que en él radica el juicio, la libertad, la voluntad moral, etc. No
obstante, si lo consideramos desde el otro lado, por ejemplo desde la ciencia,
sólo observamos determinismos físicos, biológicos, sociológicos
o culturales y, en esa óptica, el sujeto se disuelve.
En el seno de nuestra cultura occidental, desde el siglo XVII, vivimos una extraña
disyunción: en la vida cotidiana nos sentimos sujetos y vemos a los otros
como sujetos. Decimos, por ejemplo: “es un buen hombre, es una excelente
persona”, o “es un sinvergüenza, un canalla”, porque,
efectivamente, en su subjetividad se encuentran esos rasgos. Pero si examinamos
a esas personas y a nosotros mismos desde el punto de vista del determinismo,
el sujeto, nuevamente, se disuelve, desaparece. Vivimos esa disyunción,
en función de un paradigma profundamente enraizado en nuestra cultura.
Paradigma que formuló Descartes quien no lo inventó, sino que
sólo lo que expresó a su manera.
Descartes vio que había dos mundos: uno que era relevante al conocimiento
objetivo, científico, el mundo de los objetos; y otro, un mundo que compete
a otra forma de conocimiento, un mundo intuitivo, reflexivo, el mundo de los
sujetos. Por un lado el alma, el espíritu, la sensibilidad, la filosofía,
la literatura; por otro lado las ciencias, las técnicas, la matemática.
Vivimos dentro de esa oposición. Parecería que no podemos encontrar
sostén para la noción de sujeto en la ciencia clásica.
En la ciencia clásica la subjetividad aparece como contingencia, fuente
de errores, por ello se excluyó siempre al observador de su observación
y al pensador, el que construye conceptos, de su concepción.
El sujeto unitario, autocentrado, racional, consciente de sí mismo,
permitió la concreción de la modernidad y probablemente sea el
surgimiento del sujeto cartesiano unos de los pilares más importantes
sobre el que se construyó la modernidad.
Este sujeto, además, regido por la razón, busca expandirla lo
más posible. Se torna racional, calculador, planificador. Comprende y
cree que, mediante la razón, su función es lograr el control del
mundo exterior, ser capaz de frenar y ordenar su discurrir impredecible y modificarlo
para la satisfacción de sus fines. Se vincula con el mundo desde una
postura exclusivamente activa (él es quien conoce, estudia, investiga,
comprende), mientras que el exterior ocupa exclusivamente el rol pasivo de ser
conocido, estudiado, investigado, comprendido. La clara frontera determina también
las acciones a llevar a cabo por los términos del binomio sujeto / mundo
exterior, y la relación epistémica que los comunica.
Esta razón, que constituye su esencia, le permite autocentrarse y ser
sólo “idéntico a sí mismo”, único e
irrepetible. No presenta pliegues, zonas oscuras, fracturas, contradicciones
e incoherencias internas, sino que es absolutamente consciente de lo que le
pasa y sucede. De aquí obtiene su soberanía, en tanto que él
es el propio y único garante de su independencia.
En este sujeto con estas características, único, esencial, preexistente,
soberano, completo, compacto, racional, planificador, activo, autocentrado,
limitado, idéntico a sí mismo, etc., es donde se llevará
a cabo la educación moderna. La modernidad precisa de un punto de apoyo
desde el que expandirse y diseminarse, y frente al devenir del mundo externo,
el sujeto fijo y quieto es la opción. La educación no sólo
tiene lugar en él, sino que se expande desde él, junto con la
razón. Educación y razón con sede en el sujeto moderno,
tejen desde entonces una unión indisoluble. Se convierten en el sólido
puente que se tiende desde un punto seguro (el sujeto) hacia otro punto seguro
(las verdades) y que permite atravesar las aguas tormentosas e impredecibles
de la realidad. Este ordenamiento vincula tres elementos considerados como esencias:
el sujeto o punto de partida del acto de conocer, la razón / educación
o puente, y las verdades o punto de llegada. Este camino (del sujeto hacia las
verdades, de una certeza a otra certeza, de una esencia a otra esencia), mediante
la razón, pasa a ser el acto educativo para la modernidad.
Junto con la constitución de este sujeto la modernidad produjo una esencia
humana que llena el molde del sujeto con un material diferente al del resto
de los existentes: la condición de humanidad.
Por un lado, se produce un distanciamiento con respecto de los elementos premodernos.
Si hasta entonces el hombre era sólo una creación divina, a partir
de allí comienza a sumar otras dimensiones, condensadas en la racionalidad.
En dicho proceso, la educación va a ser fundamental. Por ejemplo, si
para las concepciones medievales la educación era una vía de comunicación
con Dios, donde la razón debía subordinarse a la fe, la modernidad
separó ambos términos y centró el hecho educativo en la
razón, la esencia del sujeto moderno.
Por otro lado, se diferencia a la humanidad de otros registros más “mundanos”,
como la animalidad, la naturaleza, el azar, los excesos, los impulsos, los deseos,
etc. Estas otras instancias pasan a entenderse como elementos negativos, de
los cuales emerge el hombre. El hombre proviene de la naturaleza, de la animalidad,
del azar, etc., pero debe distanciarse, desprenderse de esos elementos para
surgir puro y limpio y poder expandir y difundir su razón (avanzar hacia
la construcción del sujeto moderno)
Pero estos espacios no sólo son lugares de los que hay que apartarse,
sino que se convierten en los registros a dominar, a detener, a controlar. El
hombre es hombre en tanto que maneja dichas instancias. La educación
se convierte entonces en una de las formas privilegiadas de dominio de esos
registros y, por ende, de producción de sujetos.
La modernidad convierte a la educación en el proceso por el cual el hombre se vuelve hombre (sujeto moderno) y le da su esencia, por medio del desarrollo de la razón, diferenciándolo, a la vez, de los elementos premodernos, en especial de la vinculación con la divinidad, y de los otros sustratos a los que debe dominar.
El sujeto del conocimiento en la filosofía y en la psicología
El conocimiento ha sido y es uno de los grandes temas de la filosofía.
La Teoría del conocimiento o Gnoseología se ocupa de los problemas
planteados por la relación cognoscitiva; relación que se establece
entre el sujeto que conoce y el objeto a conocer.
Desde los orígenes de la filosofía, en Grecia, diversos pensadores
centraron su atención en diferentes aspectos de la relación gnoseológica.
Hubo posiciones que negaron que fuera posible el conocimiento; la realidad es
fugaz, inestable, nos es imposible apresarla; lo que es en un momento no es
ya en otro; no podemos pretender conocer nada de modo cierto. Esta posición
que niega la posibilidad de conocimiento se denomina Escepticismo. Según
esta, no habría un sujeto del conocimiento o, paradójicamente,
el sujeto del conocimiento no puede conocer.
Esta postura no prevaleció a lo largo de la historia y, en general se
aceptó que la relación del conocimiento es posible.
Otro de los grandes temas de la reflexión filosófica fue el origen
del conocimiento: ¿de qué manera el sujeto logra conocer? El término
“origen” en filosofía tiene un significado especial refiere,
a la vez, idea de fuente y de fundamento, lo que permite su surgimiento y al
mismo tiempo justifica o fundamenta su validez como conocimiento.
Las respuestas parecen tener dos posibilidades, el hombre puede conocer por
la experiencia o por la razón.
Si el conocimiento surge por la experiencia sensible, encuentra su justificación,
su validación, en la experiencia a que remite. O se da por medio de la
razón y se fundamenta en la razón.
El hombre intenta conocer la realidad, los datos proporcionados por los sentidos
se obtienen de los objetos y refieren a ellos. La experiencia sensible nos muestra
las cualidades de las cosas: conocimiento basado en los sentidos. Esta postura
se denomina Empirismo; para el empirista la razón en el conocimiento
desempeña un papel secundario y dependiente de la experiencia.
Desde la antigüedad se diferencian: capacidad sensible (sentidos, memoria,
imaginación), y capacidad racional. Los sentidos captan datos en presencia
del objeto, la memoria los retiene y la imaginación reproduce los datos
retenidos sin estar presente el objeto.
La razón opera con características propias y distintas; para el
empirista, imaginación y razón parecen confundirse.
Una escuela filosófica opuesta al empirismo fue el Racionalismo: sostiene
que el conocimiento verdadero es el que nos brinda la razón a partir
de ideas innatas, las que son punto de partida de todos los razonamientos. Reconoce
la existencia de conocimientos sensibles, pero juzga que no es conocimiento
verdadero.
Descartes (1596 – 1650) decía que nuestra captación de los
hechos no depende de la experiencia. El intelecto capta en la realidad los elementos
simples que la componen, a partir de ellos pueden reconstruirse los hechos.
La razón reconoce (vuelve a conocer) esos elementos, el alma posee esos
elementos en forma de ideas. Estas ideas son innatas, están en el nacimiento,
son independientes de la experiencia. Entonces, la razón posee contenidos
(las ideas innatas) a partir de los cuales infiere – obtiene – nuevos
conocimientos.
El tema del conocimiento se analizó filosóficamente desde el siglo
VI a.C hasta nuestros días, pero ocupó un lugar preponderante
a partir de la modernidad, y con los desarrollos de las ciencias naturales.
Tanto empirismo como racionalismo ocuparon la escena a partir de los Siglos
XVII y XVIII.
Hubo diversas posiciones, pero más allá de las diversidades podemos
apreciar que todas ellas coinciden en un punto fundamental: la aceptación
de que el objeto a conocer es independiente del sujeto que lo conoce. Este punto
de coincidencia caracteriza a lo que en teoría del conocimiento se denomina
Realismo.
En el realismo se supone que el conocer es una recepción, por parte del
sujeto, de un objeto que lo preexiste y que resulta inmodificado por el conocimiento.
En el conocimiento el sujeto aprende algo, sabe algo del objeto, y este objeto
es lo que es, independientemente de que el sujeto lo conozca. En todas las formas
de realismo hay una prioridad y predominancia del objeto sobre el sujeto. El
sujeto recibe, capta lo que el objeto es; las cosas se reflejan en el sujeto
como un espejo.
Francis Bacon, decía a principios del S XVII que el espíritu humano
es como un espejo donde se refleja la naturaleza.
John Locke afirmaba, unos años más tarde, que el sujeto es una
hoja de papel en blanco en la que se van inscribiendo las impresiones sensibles.
En estas posiciones, el sujeto del conocimiento resulta un receptor pasivo que
no incide para nada sobre el objeto, al que se supone autónomo.
Conocer, para el realismo, es captar lo que el objeto es. Esta posición
dominó durante siglos, hasta que en el S XVIII surge una nueva comprensión
del problema del conocimiento.
Kant (1724 – 1804) aporta a la Teoría del conocimiento, presentando
un sujeto activo, constructor de los propios objetos de conocimiento.
Kant considera que la capacidad humana de conocimiento tiene límites
que indican, por un lado, negativamente hasta dónde se puede conocer
y, por otro, señalan positivamente bajo que circunstancias es posible
conocer. Él denomina “trascendental” a las condiciones de
posibilidad del conocimiento. Estas condiciones son a priori (independientes
de la experiencia), no se dan con la experiencia, ni por la experiencia, sino
que son condiciones de toda experiencia. Hay experiencia (y en general conocimiento)
si y sólo sí están dadas las condiciones de posibilidad
del conocimiento. El hombre posee razón finita, para conocer necesita
que algo le sea dado; los datos sensibles son el material necesario para el
conocimiento, pero no son suficientes.
El conocimiento, para Kant, es resultado de una especial conjunción de
experiencia y razón.
El científico moderno, según Kant, hace uso de sus capacidades,
experimenta e investiga, pero no desde una posición pasiva. Experimentar
es organizar la experiencia de acuerdo con nuestros planes e hipótesis,
que se formulan conforme a las leyes y estructuras de nuestra propia razón
(modelo de científico que le sirve a Kant).
Se trae al centro lo que era periférico: el sujeto, este pasa a ser protagonista,
constructor de sus propios objetos de conocimiento. El conocimiento no debe
regularse ya por los objetos, sino que éstos deben regularse por el modo
de conocer propio del sujeto.
Con Kant: primer quiebre de la hegemonía realista; primera fundamentación
del papel central, activo y constructor del sujeto en el proceso de conocimiento;
y el objeto del conocimiento pierde su independencia gnoseológica.
La sicología considera desde un punto de vista experimental el estudio
del sujeto del conocimiento, y avanza de un modo específico sobre el
tema del aprendizaje. Entre sus preocupaciones está establecer ¿cómo
pensamos? ¿Cómo se organizan y evolucionan a lo largo de la vida
las estructuras cognitivas humanas?
Se trasladan al tema del aprendizaje: ¿Cómo aprendemos?; ¿Cuáles
son las características, las modificaciones y las organizaciones psicológicas
del sujeto que aprende y conoce?
El sujeto que conoce, el sujeto que aprende fue caracterizado, según
distintos abordajes dentro de la psicología, conforme a las distintas
escuelas.
Un sujeto que es el objeto: conductismo
El conductismo sostuvo la idea de que el sujeto es el producto de los condicionamientos
a los que su ambiente lo somete.
La posición de Watson, apoyada en el modelo fisiológico de Pavlov,
afirma que el sujeto sólo actúa en la medida que éste es
estimulado. A un estímulo le sigue una respuesta, y de esta forma debe
estudiarse la conducta. El punto de partida de la vida humana es un organismo,
que en el momento del nacimiento, es capaz de responder automáticamente
a una serie de estímulos. Las respuestas automáticas son verificables
en cualquier individuo, y constituyen los reflejos naturales.
Las circunstancias ambientales generan con el tiempo una nueva serie de respuestas,
que no son verificables al nacer. Esta nueva serie de respuestas son producto
del condicionamiento.
En el modelo clásico (Pavlov – Watson), el condicionamiento se
produce por contigüidad. Esta primera forma de condicionamiento, llamado
respondiente, resultó insatisfactoria porque no pude constatarse que
cada conducta humana tenga un estímulo que la desencadene. Por eso Skinner
aceptó que el organismo es capaz de “emitir”, “generar”
conductas sin necesidad de responder a un estímulo manifiesto. Pero estas
conductas, que él llamó operantes en vez de respondientes, son
a su vez condicionadas, y sólo se fijarán de modo estable aquellas
que son premiadas. Por lo tanto, la llave para condicionar las conductas es
el sistema de premios y castigos; las conductas deseadas son reforzadas.
Para el conductismo:
El aprendizaje es un condicionamiento.
El sujeto del aprendizaje es el sujeto (objeto) del condicionamiento.
Lo que el sujeto es depende de las condiciones externas que organizan sus condicionamientos.
La pretensión del conductismo fue constituirse en una ciencia de la conducta,
que dispusiera de manera programada situaciones de condicionamiento en función
de los objetivos buscados. La educación sería el lugar privilegiado
para ejercer este control y planificación. De esta manera, el sujeto
que aprende se convierte en objeto del aprendizaje, en tanto éste no
es otra cosa que condicionamiento.
El conductismo fue dominante en la psicología norteamericana hasta fines
de los 50, cuando comenzó a ceder espacio frente a la “psicología
cognitiva”.
En síntesis, las características de la concepción conductista
del sujeto del aprendizaje son:
Sujeto pasivo, objeto (posición en tanto sujeto de conocimiento).
Es un sujeto controlado desde la planificación y conducción exteriores.
La pasividad no está en la inactividad, sino en la exterioridad de toda
planificación y control.
No se considera la organización particular de cada sujeto. Se supone
que un estímulo o una serie de estímulos producen los mismos efectos
en cualquier individuo y en cualquier circunstancia.
La motivación es externa al sujeto, ya que este actúa para obtener
una recompensa. No hay interés en la tarea, sino sólo en el beneficio
que a través de ella puede lograrse.
Un sujeto que construye, estructura, el conocimiento
Algunas de las perspectivas que plantean procesos psicológicos activos
en el sujeto que conoce, son: la Gestalt, Piaget, y Vygotski.
El punto de partida es un sujeto consciente y activo en oposición al
modelo reduccionista del estímulo y respuesta. Un sujeto capaz de comprender,
actuar y reflexionar sobre su propia actividad, de ser motivado por sus propios
intereses, y de hallar su satisfacción en la obtención de la solución
de los problemas que lo incitan a activar sus estructuras cognitivas.
Los psicólogos de la Gestalt se ocuparon principalmente del estudio de
la percepción, a la que concibieron como dinámica y estructurante,
oponiéndose a la perspectiva de la corriente empirista – asociacionista
clásica, que determinaba a la percepción como la capacidad de
recibir, de manera pasiva, sensaciones simples. Para esta corriente, la suposición
metodológica de base es que la realidad, tanto psíquica como física
es un agregado de partes simples, de elementos; y que el sujeto que conoce la
realidad la percibe pasivamente. El empirismo clásico identifica experiencia
con la mera capacidad de recibir datos sensibles.
Para los gestaltistas, la percepción es producto de la actividad de un
sujeto que impone sus principios organizadores, estructurales, para dar sentido
a la realidad percibida.
¿Qué ocurre entonces con el sujeto que conoce, con el sujeto que
aprende?
Primero, para la Gestalt, se aprende, se conoce, en la medida en que el sujeto
se halla inserto en una totalidad que se le presenta como problemática.
Segundo, el sujeto se pone en “movimiento” en tanto es capaz de
asumir la situación como problemática. Hace un proceso de “insight”,
mediante ella el sujeto es capaz de descubrir la lógica, las relaciones
de una totalidad, y es capaz de organizarla para dar respuesta satisfactoria.
Dicho de otro modo, el sujeto aprende a visualizar un problema en un campo;
esta situación problemática le resulta insatisfactoria, incómoda,
exige una reorganización. Esta situación que emerge de un campo
y compromete al sujeto, resulta motivante. El sujeto busca la solución
porque esa solución le resulta satisfactoria por sí misma, independientemente
de los premios exteriores.
El aprendizaje se produce sólo en tanto el sujeto es capaz de discernir,
comprender las relaciones de la situación presente, y las posibilidades
de reorganización.
La Gestalt pone en escena el concepto de estructura. Estas estructuras permiten
que el sujeto organice su percepción de la realidad. Piaget, enriquece
los aportes planteando un sujeto epistémico activo, no dado de una vez
para siempre, sino siempre en proceso de desarrollo y con adaptaciones cada
vez más satisfactorias.
Veamos algunos aspectos centrales, determinantes en la concepción piagetana
del sujeto del conocimiento.
Según Aebli (1986), hay tres pilares teóricos fundamentales en
la obra de Piaget: pragmatismo, constructivismo y estructuralismo.
Pragmatismo: porque en su teoría las acciones prácticas, los esquemas
de acción, constituyen la relación matriz con el mundo exterior,
y son el soporte, los cimientos de las operaciones del pensamiento posterior.
Sólo mediante la acción puede el sujeto objetivar el mundo de
las experiencias, y organizarlo de manera cada vez más compleja.
Constructivismo: Piaget, advirtió siempre los límites del empirismo,
la suposición de que el conocimiento sea una copia del objeto, como habían
pretendido los clásicos. Piaget (1973) decía “el problema
de base de la epistemología es esencialmente el de las relaciones del
sujeto cognoscente y del objeto a conocer”. Él quiso verificar
experimentalmente si era cierto que todo conocimiento deriva de la experiencia;
llegó a la conclusión que el conocimiento no es simplemente un
registro y una huella que el objeto hace en el sujeto, existe la presencia de
una actividad en el sujeto que añade algo al objeto.
Recordemos que para el empirismo “experiencia” no implica ninguna
actividad por parte del sujeto, sino su receptividad, su capacidad de ser afectado
por el mundo exterior a través de los sentidos. Lo que el sujeto añade
al objeto no es algo que posea como instrumento innato, como proponía
el racionalismo.
Piaget, advirtió que el hombre construye sus conceptos, así como
construye sus planes de acción. La problemática epistemológica
general de Piaget está claramente cercana a Kant, con quien comparte
la concepción de l sujeto cognoscente activo.
Para Piaget, la construcción del conocimiento se produce de un modo gradual.
El sujeto construye el conocimiento en tanto organiza el mundo de la experiencia,
organización que logra mediante la ejercitación y aplicación
de sus propias estructuras. Pero el sujeto no posee desde el comienzo tales
estructuras.
Las acciones prácticas como soporte y la construcción del mundo
de los objetos del conocimiento, son núcleos de la concepción
piagetana, pero a diferencia de Kant los instrumentos “a priori”
deben, a su vez, ser construidos.
Estructuralismo. El comportamiento se presenta siempre en forma de organizaciones
totales; hablamos entonces de estructuras del comportamiento. Los rasgos centrales
del estructuralismo piagetano son: las estructuras no son estáticas ni
están dadas desde siempre y, las estructuras fundamentales del desarrollo
intelectual son del orden lógico matemático.
Por todo lo expuesto, el sujeto epistémico propuesto por Piaget:
Es un sujeto activo que “construye” el mundo del conocimiento en
tanto interactúa con él. En esta interacción, que se inicia
a partir de los primeros comportamientos sensorio – motores, el sujeto
va constituyendo sus propios instrumentos de ordenación gnoseológica
(lo que Kant llamó formas “a priori” de conocimiento)
Las estructuras cognitivas son de complejidad creciente; su modelo y punto de
llegada lo constituyen las estructuras lógico – matemáticas.
La obra de Piaget fue muy importante, destacaremos algunos aspectos que han
dado lugar a nuevos aportes y reformulaciones.
El esquema de desarrollo piagetano presenta una secuencia de etapas que deben
cumplirse en un orden fijo, sin posibilidad de anticiparse de modo significativo.
Las experiencias que Piaget detalla son experiencias realizadas sobre objetos
físicos, que darán como resultado las operaciones lógico
– matemáticas del pensamiento.
Estas experiencias con objetos físicos, que se organizan en etapas fijas,
no reconocen de modo suficiente el valor constituyente del medio social y de
las relaciones interpersonales.
Lev Semionovich Vygotski (1896 – 1934), para él las funciones superiores
eran resultado de la influencia cultural en el aprendizaje y el desarrollo,
y sólo podían ser explicadas en su génesis, por su historia,
situándolas en su contexto originante.
Según Vygotski, Piaget no considera de manera suficiente el papel del
medio. Para él, no puede entenderse el desarrollo con independencia del
aprendizaje culturalmente organizado.
Para Piaget, el aprendizaje constituye una supraestructura por encima del desarrollo,
dejando a este último esencialmente inalterado.
Para Vygotski, el aprendizaje no es un agregado al proceso de maduración,
sino que tiene un papel formativo en tanto se da en un contexto interpersonal
y cultural. El aprendizaje se vuelve imprescindible para el desarrollo.
Pozo (1989) señala “en el caso de Piaget ese ambiente está
compuesto únicamente de objetos, algunos de los cuales son objetos sociales,
mientras que para Vygotski está compuesto de objetos y personas que median
en la interacción del niño con los objetos”.
También Bruner recupera la fundamental labor estructurante del medio
social. “Para Piaget, el niño se enfrenta solo al mundo (fundamentalmente
al mundo físico) Su tarea (con notable ausencia de ayuda por parte de
los demás) es construir una representación de dicho mundo. Lo
logra gracias a algunas propiedades lógicas que subyacen al pensamiento”
(Bruner, 1984)
Bruner se propone mostrar aspectos de la constitución del sujeto epistémico,
considerándolo en el contexto de sus relaciones interpersonales y en
el marco de una cultura, donde se destaca la fundamental capacidad estructurante
del lenguaje.
Para Bruner el desarrollo no es una superación de etapas, sino una integración
de modos de representación. La meta del desarrollo es un sujeto que conoce
el mundo por la interacción con su ambiente físico y social a
través de la acción práctica, las imágenes y los
procedimientos simbólicos.
En cambio para Piaget, la meta del desarrollo es un sujeto que organiza el mundo
de acuerdo a categorías lógico formales.
Sin embargo, hay coincidencias entre todos ellos. En términos generales:
El sujeto del conocimiento está en relación activa con su medio.
El conocimiento es resultado de un proceso en que el sujeto participa activamente.
Mediante esta actividad el sujeto construye tanto los objetos de conocimiento
como los instrumentos (esquemas, representaciones, conceptos) que hacen posible
ese conocimiento.
Esta construcción es el resultado de un proceso de desarrollo que comienza
por la elaboración de una relación práctica de conocimiento
del mundo, para evolucionar luego a formas de inteligencia formal o abstracta.
Sujeto pedagógico
La educación es una práctica social compleja, se desarrolla en
el marco de condiciones de producción y/o transformación de relaciones
sociales de producción y otras luchas políticas, sociales, culturales,
étnicas, genéricas, etc. Pero esas condiciones de producción
son internas y no externas al proceso educativo; son producto y productoras
de sujetos.
Recuperando la categoría de sujeto, la educación es una práctica
productora, reproductora y transformadora de sujetos. Los sujetos sociales participan
de situaciones educativas; todas ellas tienen como finalidad ayudar a la constitución
y al cambio del sujeto.
La educación, como idea práctica productora de sujetos a partir
de otros sujetos, es una mediación. Se realiza construyendo un sujeto
mediador, que llamamos sujeto pedagógico. Nos referimos a la relación
entre educador y educando, al producto de la vinculación entre los complejos
sujetos sociales que ingresan a las situaciones educativas y los educadores,
también complejos. Esta relación entre educador y educando, siempre
mediada por el currículo es denominada sujeto pedagógico.
Toda pedagogía define su sujeto, cada una determina los elementos y el
orden de las series que la constituyen como conjunto significante, cuya función
es mediar entre los sujetos políticos y sociales, y el “habitus”
que se pretende inculcar.
El sujeto del conocimiento y el sujeto del aprendizaje: ¿sujetos diferentes?
La educación, fuertemente determinada por los saberes refleja un estado
del conocimiento, pero, a su vez, constituye un elemento condicionante de las
actividades cognitivas del individuo. Generalmente, el ámbito de la educación
no es productor de saberes, en la medida en que el conocimiento humano y las
propias manifestaciones de la cultura no se dan ni se desarrollan en él
sino tan sólo como reproducción. Y es que, por lo general, al
sujeto del aprendizaje no se le permite operar como un sujeto del conocimiento.
Mientras que éste se vincula a su producción, a aquel se lo liga
a alguna forma de reproducción. (Levinas, M.L.; 1998)
No obstante, las actividades de creación o de desarrollo del conocimiento,
como las correspondientes a su recepción, no son sino manifestaciones
de un mismo sujeto, primordialmente ligadas a estados activos o a actitudes
pasivas, respectivamente. Estos estados o actitudes no son privativos de un
ámbito, aunque en los ámbitos de la instrucción predomina
claramente la pasividad.
La instrucción ofrece dos disposiciones contradictorias: una sobrestimación
de la capacidad de incorporar y asimilar teorías que históricamente
han sido dificultosamente adoptadas y que requirieron enormes esfuerzos intelectuales,
y una actitud de subestimación de la capacidad del individuo para adoptar
ideas propias y para formular hipótesis por sí mismo.
Veamos los modos que asume la receptividad. De acuerdo con el concepto de Freire,
el hombre como depósito (educación bancaria) es visto como un
ser pasivo, es el objeto del proceso de alfabetización y no su sujeto.
Como objeto, su tarea es estudiar los denominados “textos de lectura”,
teniendo muy poco o nada que ver con la realidad socio – cultural del
alumno. (Freire, 1975)
Marx señalaba que el objeto de la producción no era un objeto
en general, sino un objeto determinado, que debía ser consumido de una
manera determinada, mediada por la producción misma. La producción
sucede en el ámbito del conocimiento pero no necesariamente, o casi nunca,
en el de la educación. El consumo acontece en la transmisión,
en la educación, en la divulgación; pero también lo encontramos
en el ámbito de la investigación, que es donde se desarrolla el
conocimiento. Según Marx, la producción y el consumo son momentos
de un proceso en el que lo primero es el punto de partida, y por lo tanto el
momento predominante; y el consumo, como necesidad, es él mismo momento
interno de la producción. Igualmente, el aprendizaje puede tener, con
la producción de conocimientos, el mismo status que el consumo, como
acción pasiva, posee respecto de la producción.
El productor es activo ya que, a la par que crea una necesidad en el consumidor,
ofrece alguna solución. Del mismo modo, la producción de conocimientos
también es activa, porque plantea, a la vez que resuelve, determinados
problemas que han de consumirse intelectualmente. Así, el producto del
conocimiento deviene una necesidad satisfecha, a pesar de que el saber se reproduce,
o mejor dicho, se recepciona de diferente manera de acuerdo con la posición
social del individuo, con su nivel de instrucción y con su propia capacidad
e interés.
En las formas que asume la transmisión del conocimiento se acostumbra
a desconocer las potencialidades creativas y volitivas de los individuos, vinculado
al hecho de que en los ámbitos educativos no se suelen permitir posibles
búsquedas alternativas o aproximaciones diferentes a los fenómenos
del mundo, introduciéndose conocimientos que son ajenos. Formas alternativas,
que muchas veces resultan más naturales, y que en principio resultarían
más legítimas y auténticas, no alcanzan a manifestarse
(de hacerlo se suspenden o aniquilan)
Hay producción de saber y hay consumo de saber. El sujeto que aprende
es en sí mismo entendido como un objeto receptivo de los elementos de
una cultura condensada en ciertos productos del conocimiento.
A modo de tesis (Levinas, M.L.; 1998) la enseñanza, con frecuencia, suele
restringir funcionalmente muchas formas alternativas que el individuo trae consigo,
y que le permitirán conocer de manera activa y alcanzar, dentro de un
nivel y con legitimidad, conclusiones válidas, otras verdades o verdades
provisorias. Así, se impide que el sujeto actúe como sujeto del
conocimiento.
En cada ámbito y a cada nivel, el conocimiento puede constituirse en
una actividad imaginativa y descubridora, o verse relajado a la receptividad.
La investigación y la instrucción pueden ofrecer momentos de creatividad
y producir resultados novedosos, o constituirse en actividades chatas e intrascendentes,
sin que se aporte nada nuevo ni se aprenda con efectividad nada distinto. Esto
sucede a diferente nivel y en diferentes grados. Los vicios y las virtudes de
una actividad repercuten básicamente como actitud en la otra. En última
instancia, tenemos un solo tipo de sujeto, que en un caso puede conocer con
cierta libertad y en el otro puede ser educado en un estado de predominante
pasividad, desde un cuerpo de conocimientos dado. La creación del conocimiento
y su recepción son dos manifestaciones diferentes de las posibilidades
de un mismo sujeto. En las distintas formas de transmisión del conocimiento
sucede que el productor precisa del consumidor; pero predomina operativamente
sobre éste. En el producto de la educación, existe, como formando
parte de su propio carácter, un estado de inconsciencia manifiesto, en
la medida que se obliga a consumir parte de un estado superestructural al que
no se ha contribuido a crear ni a comprender.
Por eso no cabe duda de que existe una típica y frecuente sobrestimación
de las capacidades del sujeto del aprendizaje para “asimilar” determinadas
ideas fundamentales y complejas adquiridas con dificultad a lo largo de la historia
del pensamiento, que es simultánea a una subestimación de las
posibilidades que el mismo sujeto posee y que debería asumir para operar
de manera activa y creativa.
Se fijan contenidos, estos se pueden imponer deficitariamente en un sujeto que,
en tanto sujeto del aprendizaje, no suele actuar como sujeto del conocimiento,
sino como receptor. Es en esa recepción que confluyen estas dos suertes
de actitudes, que hacen que el individuo se lo tome como objeto: objeto de estudio
de las formas de adquirir conocimientos que le son ofrecidos desde el exterior
y que involucrarían problemas del aprendizaje y una supuesta evolución
de su inteligencia, por un lado; objeto de consumo de conocimientos, por el
otro.
Es notable la confluencia de ambas “modalidades” en un mismo sujeto
y es notable cómo a través de estas caracterizaciones, el sujeto
puede ser forzado a “distanciarse” del sujeto del conocimiento.
¿QUIÉN ES, EL SUJETO PEDAGÓGICO HOY?
Los sujetos sociales (hombres, niños, mujeres, obreros, campesinos, indígenas, jóvenes, inmigrantes y muchos otros) participan en situaciones educativas. Todas estas situaciones tienen como finalidad coadyuvar a la constitución y al cambio del sujeto.
En el sistema educativo moderno siempre se trata de que algunos sujetos (educadores) intenten incidir en otros y múltiples sujetos (educandos) para lograr que se transformen en adultos, ciudadanos, amas de casa, dirigentes, sometidos, profesionales o lo que ellos quisieren ser por opción personal de vida ( Puiggrós)
Lo que llamamos sujeto pedagógico ( o sujeto educado) es el resultado de un proceso que supone compleja mediación de saberes, poderes y deseos en las prácticas educativas. (Cullen)
¿Quién determina a los sujetos?
Las crisis, de todo tipo, abren surcos y producen dislocamientos en los discursos con los que se nomina y constituye lo social.
En el plano local, la situación desencadenada por los acontecimientos
que impactaron y condujeron al desborde político-institucional de diciembre
de 2001, volvieron más permeables los argumentos de la matriz neoliberal-neoconservadora
condensados en la formación discursiva política de la década
de los 90, descubriendo nuevos intersticios por donde “colar” presupuestos
e introducir hipótesis provenientes del tronco de relaciones y experiencias
alternativas que, silenciadas, pueblan el imaginario latinoamericano. Propuestas
que, por otro lado, es preciso hilvanar, atravesando el sendero freiriano, hasta
nuestros días.
Por otro lado “Toda pedagogía define su sujeto Cada una determina
los elementos y el orden de las series que la constituyen como conjunto significante,
cuya función es mediar entre los sujetos políticos y sociales,
y el habitus que se pretende inculcar." (Puiggrós)
¿Qué manifestaciones tiene el sujeto hoy?
Hablar de educación es hoy hablar de "malestares, simulaciones
y desafíos", a decir de Cullen.
Eso quiere decir que el lugar del sujeto en la cultura y en la sociedad convierten
a las prácticas educativas en un campo problemático específico:
el de su enseñanza.
En este campo se nos plantea, al menos, una alternativa: o reproducimos meramente
los modelos, sentidos, representaciones, valores que hegemonizan una forma determinada
de entender el lugar del sujeto en la cultura y en la sociedad, o somos capaces
de criticar fundadamente esa hegemonía proponiendo alternativas válidas
y liberadoras en relación al lugar del cuerpo en la cultura.
Es en este contexto de alternativas críticas que se propone hoy, casi
diría se apuesta, a entender mejor lo que pasa entre los sujetos -docentes
y alumnos- que intervienen en los procesos educativos. A esto que pasa se le
llama la “formación de un sujeto pedagógico”, y es
sobre el lugar del cuerpo en esa peculiar relación de sujetos en la educación
a la que hay que referirse.
Terminando el siglo XX, ciertamente problemático y febril, cuando se
trata de relacionar el saber, el poder y el desear, cuando se trata de pensar
la subjetividad educada del hombre, el sujeto pedagógico expone el cuerpo,
que aparece como un signo de malestares, como un campo de simulaciones pero,
sobre todo, como una fuente muy fecunda de desafíos para comprender precisamente,
y todos, qué hacemos cuando educamos. Porque si del hombre se trata su
cuerpo es sujeto: sabe, puede y desea.
Malestares
Para el sujeto pedagógico, para eso que se va produciendo cuando educamos,
el sujeto-cuerpo es un signo de malestar cuando se desvinculan los saberes de
la vida, se confunden los conocimientos con las meras informaciones, y, sobre
todo, cuando se reduce el saber a un mero "tener un valor de cambio en
el mercado". Y es signo de malestar, porque en tanto sujeto-cuerpo el hombre
se resiste a "estar meramente informado", sin comprender los sentidos
de los que sabe, sin articularlos con esos registros de memoria corporal que
son los saberes previos, sin poder imaginar alternativas, porque conocer es
producir desde el sujeto/cuerpo sentidos, incorporarlos a uno mismo, a un sí
mismo, a una identidad inédita.
En esta etapa de hegemonía del modelo neoliberal de organizar las relaciones
humanas, el cuerpo no solamente señala el malestar de que su fuerza determinada
de trabajo sea sólo una abstracta mercancía (como fue en el capitalismo
industrial), sino que también se resiste a que su poder libre de conocer
sea sólo un valor de cambio, regulado por el mercado. El cuerpo es malestar,
cuando el trabajo olvida las necesidades y cuando el conocimiento olvida los
deseos.
En el saber puesto en juego en las prácticas educativas el poder de enseñar
y el deseo de aprender se deben reconocer cuerpo a cuerpo y no precio a precio.
Simulaciones
Para el sujeto pedagógico, para eso que se va produciendo cuando educamos,
el sujeto-cuerpo puede ser también un campo de simulaciones, es decir:
de engaños y de ensayos de eficiencia y buenos resultados. Sólo
cuando el poder, como pasa con frecuencia en la sociedad actual, confunde la
legitimidad de la acción con la estética del espectáculo,
vacía los gestos corporales de la coherencia consigo mismo, y, sobre
todo, cuando se reduce el poder al mero autoritarismo de la fuerza o de la violencia
simbólica para reprimir al sujeto-cuerpo de los ciudadanos, simulando
"razones de estado" o probando "simulaciones" de cuerpos
adaptados, aunque despojados de todo poder crítico y expresivo.
Y el sujeto-cuerpo se resiste a ser campo de simulaciones porque el cuerpo en
tanto sujeto es realidad desnuda, que critica los disfraces y las máscaras
del poder que oprime. Porque poder ser sujeto-cuerpo es comunicar la verdad,
actuar desde sí mismo, juntar lo que se siente y lo que se hace y se
es. Si algo no podemos disimular es, justamente, la propia desnudez corporal.
Desafíos
Para el sujeto pedagógico, finalmente, el cuerpo es una fuente de desafíos
en tanto sujeto-que-desea. Desafíos en esta sociedad, donde se confunde
la autorrealización con el narcisismo competitivo, y éste se entiende
como exclusión salvaje del otro, acostumbrándonos a vivir ignorando
que lo más profundamente deseado es ser reconocido como deseo.
Es que los malestares y las simulaciones pueden ser leídos como resistencias
desde el deseo del sujeto-cuerpo que no se deja encadenar en una trama del saber
y del poder que lo convierte meramente en objeto de saber, el poder y el deseo
de otros, que buscan disciplinarlo, controlarlo, vigilarlo y castigarlo. Y esto
es así porque el sujeto pedagógico es el cuerpo del que desea
aprender alternativas para el saber y el poder, que posibiliten un reconocimiento
mutuo de la propia dignidad. En el sujeto pedagógico el cuerpo señala
que cuando se sabe, se desea y se puede; cuando se puede, se sabe y se desea
y cuando se desea, se sabe y se puede.
Es decir, se trata de una "política del cuerpo", como dice
Mc Laren, que es en realidad una educación del cuerpo cuyo desafío
es transformar el malestar en bienestar y la simulación en verdad, para
lo cual hay que reconocer que el lugar del cuerpo en la educación no
es otro que el lugar de la justicia y la dignidad en la sociedad y en la cultura.
Es decir, es hora de que entendamos que el sujeto pedagógico no-violentamente
sujetado no puede ser sino un sujeto-cuerpo que sabe, puede y desea (Cullen)
¿Cómo se sienten hoy estos nuevos sujetos pedagógicos?
Nuevos discursos para nuevos escenarios
A partir de la complejidad que desborda el panorama expuesto, han emergido
escenarios que habilitan a instituir nuevos sujetos, prácticas, enunciados
y representaciones para nombrar lo pedagógico. En este enclave, y reconociendo
las diferentes posiciones que surgen en el campo del debate político-educativo
aparecen en la problemática educativa argentina los estudios sobre “resiliencia”
que cuentan ya con varias décadas de desarrollo teórico, aunque
recientemente han cobrado notoriedad en el campo educativo tras el impulso que
recibieron de organismos internacionales.
Etimológicamente, el término resiliencia proviene del latín
“resilio”, dando cuenta de un volver atrás, volver de un
salto, resaltar, rebotar. En el campo de la física, indica la propiedad
de aquellos cuerpos que, tras recibir una presión sobre su estructura,
presentan la capacidad de retomar su condición original una vez liberado
de aquella.
El origen de las investigaciones sobre resiliencia nos remiten al campo de la
psicopatología, cuyos primeros desarrollos conceptuales son herederos
de los trabajos que se efectuaron con niños cuyas vidas fueron atravesadas
por el trauma de la Segunda Guerra Mundial. Pero es en la década del
’70 cuando el concepto de resiliencia empieza a constituirse como un poderoso
significante que permite articular las líneas de trabajo en torno al
campo de la niñez afectada por situaciones traumáticas.
Aunque con ciertos matices, lo central del argumento sobre resiliencia podría
sintetizarse en la idea de que, a pesar de vivir en condiciones de privación
extremas, algunos niños logran superar esas situaciones estresantes e
inhibitorias de su crecimiento y desarrollar sus capacidades emocionales, creativas
y cognitivas dentro de estándares admitidos como normales. En general,
hay unanimidad al sostener que este concepto se emplea para dar cuenta de “las
diferencias individuales que manifiestan las personas entre sí al estar
enfrentadas a situaciones de riesgo, y así conocer las especificidades
que han manifestado los seres humanos que, viviendo en situaciones adversas,
han logrado un nivel “adecuado”o“normal”de desarrollo.”
“No se nace resiliente ni esta capacidad se adquiere naturalmente en el
desarrollo. Depende de ciertas cualidades del proceso interactivo del sujeto
con otros humanos...” (Arata, N.; 2003)
Para realizar el pasaje desde el ámbito psicológico, se requiere
la presencia de un proyecto, la capacidad de imaginar horizontes más
allá de la determinación a la que lo circunscribe el paisaje cotidiano,
la posibilidad de establecer una narrativa, es decir, de articular en un relato
las partes dispersas de aquello que es constitutivo en su propia historia personal,
afectando las representaciones que sobre ella tiene el sujeto y finalmente,
la presencia de un adulto significativo en la vida de los sujetos, lo que incidiría
en el grado de confianza para consigo mismo.
La traducción al campo pedagógico, consistiría en “construir
una escuela y unos docentes capaces de promover trayectorias resilientes, lo
cual implica adoptar un enfoque político-educativo con claros compromisos
con la equidad social”. Es a partir de esta perspectiva desde donde se
propone diseñar, a partir del paradigma de la resiliencia, políticas
de subjetividad, como instancia superadora de las políticas de masividad
y en sintonía con la categoría de equidad.
La pesada herencia de la pedagogía neoliberal (que por otro lado, ha
dejado profundas marcas en todos los espacios del sistema educativo nacional)
no impide que se asuma valientemente la tarea de retomar el camino de educar.
Inaugurar nuevas líneas de intervención político-educativa,
tanto al nivel de políticas públicas como en experiencias de pequeña
escala que atiendan a la diversidad de un sistema que solo de palabra puede
jactarse de ser federal, habilita a pensar en un campo de articulación
de saberes múltiples donde las concepciones reduccionistas operan en
detrimento de la complejidad que la superación de la crisis demanda.
Pero reconocer la crisis, e inclusive pensarla como plataforma, significa por
un lado identificarse con ella y, en muchos casos, correr el riesgo de legitimarla.
La difícil tarea de ser joven
En la opinión de Silvia Bleichmar: “Si toda sociedad crea significaciones
especificas que estructuran las representaciones que constituyen el marco en
el cual se designan los fines de la acción y se definen los tipos de
los afectos característicos, es inevitable que una sociedad inestable,
atravesada por acontecimientos históricos aun no metabolizados ( la obra
de Bleichmar fue escrita en 2002, y habla concretamente de la crisis de diciembre
del 2001) y cuyo movimiento no garantiza que ese encuentre en tránsito
hacia lugar previsible alguno, no pueda homogéneamente determinar el
marco representacional en el cual se inserten las generaciones que acceden a
la historia”.
Ese es tal vez nuestro mayor drama, pero quizás también nuestra
mayor esperanza, porque en los intersticios de la cerrada malla de la desesperanza
y desidentificaciones que encuadra por igual a todas las generaciones de esta
argentina del 2000, se cuelan los sueños y esperanzas adormilados de
cuyo trasfondo puede advenir un proyecto.
Que es la juventud? Reducidos a la inmediatez de la búsqueda de trabajo,
o inmersos en la vida universitaria cada vez más costosa desde el punto
de vista moral y monetario, nada garantiza que el tiempo permita el devenir
de a algo que culmine o dé curso a una perspectiva de avance, no hay
postergación sino vacío, ya que tampoco hay garantías de
que los tiempos que vienen se constituyan realmente en futuro.
Por eso el éxodo que está en el horizonte mítico de toda
la sociedad argentina no es solo un síntoma de la ausencia de salidas,
sino del abandono de su búsqueda.
El proceso de desidentificación se acelera, y el sentimiento de pérdida
de referentes abarca a todos los grupos, sean sociales o generacionales.
En los 90 el abandono del Estado de sus responsabilidades educativas fue acompañado
de la patologización de los procesos de aprendizaje, y la transformación
de la infancia en un estadio definido por el adiestramiento para la vida productiva
mas allá de toda socialización y al margen de toda formación:
limpieza de vidrios de autos en los semáforos, apertura y cierre de puertas
de taxis, mendicidad organizada para aquellos que ese insertan en los nuevos
modos de trabajo bajo los cuales la marginalidad encuentra una salida para la
auto subsistencia.
Y ahora llegó la hora de la liquidación de la juventud: contratos
laborales que llegan a su renovación mensual, ausencia de perspectivas
post-universitarias, para quienes aun estudian, y el resto se hunde en un tiempo
sin pasado y sin espera, en un tiempo sin historia que solo podrá llenarse
cuando algo lo resignifique en el marco de una prospectiva.
La escuela como espacio de encuentro de los sujetos pedagógicos.
Sarlo, Beatriz dice al respecto: “Vivimos la crisis de una educación
que resulta del achicamiento del Estado, pero también de las condiciones
mercantiles que sufre hoy la cultura juvenil. Esta crisis no se afronta solamente
con soluciones pedagógicas, hay que sumarle soluciones sociales y políticas”.
Todos sabemos, y aceptamos, que la escuela estatal, principalmente en sus niveles
media/ EGB 3 y Polimodal “se ha convertido en un hangar gigantesco frecuentado
por los adolescentes mientas transcurren los años que los separan de
la universidad o del ingreso al mercado del trabajo”, al estallar el orden
tradicional por impero de las políticas neoliberales, no se produjo un
nuevo orden de valores –más bien de disvalores- y ese vacío
de significado afectó a docentes y alumnos. Los docentes se encontraron
con otras cuestiones, además de la crisis económica, la escuela
como institución no carece de valores a transmitir que afectan tanto
a los temas curriculares como a los morales de la formación personal.
De pronto la escuela no solo está vacía de contenidos, sino de
valores a transmitir y este fenómeno que no es exclusivo de Argentina,
se ve agudizado más aún por la escasez económica y el deterioro
institucional.
Uno de los grandes problemas que afecta hoy por igual a todos los sistemas educativos
es que la “cultura de la letra” está siendo muy dificultada
por la cultura virtual y de la imagen. Este problema afecta tanto a niños
europeos como norteamericanos u orientales, y todos ven como disminuyen los
estándares de la disciplinas humanísticas. La crisis de la alfabetización
afecta por igual a los sectores marginados como a las capas medias urbanas y
a los sectores obreros.
Y estos problemas se agudizan aún más frente a instituciones débiles
y debilitadas aún por los programas de reconversión económica
y redimensionamiento del Estado, la administración escolar no está
en condiciones de garantizar la calidad de la educación, en una época
en que la cultura juvenil se enfrenta con la cultura letrada en el campo de
batalla simbólica que son los medios de comunicación.
La escuela podría beneficiarse y aumentar su eficacia, pensamos todos,
utilizando las destrezas que sus alumnos han aprendido en otra parte, fuera
del ámbito escolar, en los “video-games”, donde se unen la
velocidad y el “feeling” que provocan los video juegos, en la capacidad
de comprensión y respuesta que provocan la superposición de mensajes
en los video-clips, más los contenidos tanto familiares como exóticos
que proporciona esa ventana abierta al mundo que son los medios virtuales -desde
la TV a Internet- pero no podemos todavía saber si esas destrezas son
útiles y suficientes a la hora de adquirir otros saberes, tales como
la argumentación, el discurrir lingüístico, la escritura,
tan indispensables para el estudio y el trabajo. Estar adiestrado como un espectador
disciplinado de televisión es útil pero hasta cierto punto, luego
hay que asumirse como lectores, y la apropiación del conocimiento por
medio de lectura exige otros recursos distintos a los de la video-cultura. Supone
una serie de procesos de corte de lo cotidiano y no precisamente de continuidad.
“Se aprende lo que no se sabe”, los textos de la literatura, los
discursos de la historia y de las ciencias, los relatos de las culturas populares
y orales, las obras de arte culta y folk”.
“La escuela es para los adolescentes el lugar de la pobreza simbólica
porque es un espacio no exclusiva ni hegemónicamente mass-mediático,
por eso atraviesa condiciones desfavorables para articular nuevas síntesis
culturales, y eso tiene consecuencias funestas si se piensa en aquellos sectores
de la sociedad a los que solo en la escuela pueden apropiarse de elementos de
una cultura que no es exclusivamente mass-mediática”.
En este sentido, argumentamos que la productividad de la crisis dispone un escenario
potencialmente favorable para volver a nombrar lo social y, más específicamente,
lo educativo, disputando el monopolio de la nominación legítima
(Bourdieu, 1988) Esto no presupone, por otro lado, asumir el papel del empecinado
capitán creado por Meiville y salir a cazar la ballena blanca de la Pedagogía,
sino colaborar en la indeterminada tarea de construir al sujeto pedagógico.
A partir de la creciente pérdida de eficacia simbólica y material
de los actos de nombramiento-clasificación social producidos por el discurso
pedagógico de la nueva derecha (y por lo tanto, del debilitamiento de
su intención performativa), se ha comenzado a instalar, desde el campo
pedagógico, la necesidad de promover nuevos debates y de proponer nuevos
significantes para nombrar lo educativo, que respondan a las demandas de las
formaciones políticas, culturales y económicas emergentes resultantes
de la metamorfosis social) a la que se ve sujeta nuestra sociedad.
Esto no significa desconocer, por otra parte, que no se hayan constituido y
sostenido, a lo largo de los '90, posiciones antagónicas al discurso
hegemónico, diferenciándose, por ejemplo, de aquellas que asumieron
los equipos de asesoramiento técnico, quienes, revestidos de un aura
de neutralidad aséptica, instrumentaron los postulados de la reforma.
Esta articulaba las voces de quienes señalaban la necesidad de modernización
del sistema (el ejemplo más significativo nos remite al nivel primario,
cuyo antecedente inmediato es la ley 1420 de 1884) con intenciones mercantilistas
de achicar costos y desembarazar al Estado, mediante la transferencia y el fortalecimiento
de las posiciones del sector privado, de su función docente.
No obstante, la nueva configuración social que dejó abierta la
crisis, interpeló muchas de las representaciones previas que sostenían
la primacía del mercado por sobre las funciones reguladoras del Estado.
De este modo, se puso en discusión el paradigma que con tanta aseveración
triunfó en la década del '90 y que, en este nuevo escenario no
parece generar entusiasmo, sino una sensación de extrañamiento
que abre las vías para emprender un proceso de desnaturalización
que permita desmontar el imaginario instalado en el sentido común de
nuestras sociedades. Desde esta perspectiva, entendemos que el debilitamiento
del discurso de la nueva derecha, tras el signo de su fracaso, habilita nuevos
espacios que incorporan la posibilidad de reposicionamiento, estimulando la
creación y recreación de escenarios pedagógicos desde donde
disputar y subvertir el orden establecido por la lógica avasalladora
del pensamiento único.
La práctica pedagógica se presenta como un espacio para experimentar, recrear, validar o invalidar, elaborar, reelaborar e innovar. Los maestros son portadores de nuevas prácticas y experimentaciones pedagógicas. El maestro puede transformarse y constituirse en sujeto pedagógico. Esto es, estar en condiciones de construir, compartir, aportar, cambiar, recibir críticamente.
El malestar docente
La síntesis de la problemática docente se puede sintetizar en esta expresión “malestar docente”, con la cual desde esta década se comenzó a señalar el impacto que produjeron las políticas neoliberales en el ámbito laboral de los docentes. Forman parte de ese malestar el stress laboral producido por el desgaste y el agotamiento mental (acompañado de sintomatología) que el trabajador padece a raíz de sus interacciones con un ambiente de trabajo donde las demandas exceden los recursos individuales de respuesta. Un prolongado y creciente estrés puede dar lugar al “burnout” sobre todo en las llamadas profesiones de servicios.
Ante el aumento de docentes con trastornos de salud y de estrés, ansiedad,
depresión, y reiterados ausentismos laborales, y jubilaciones tempranas.
En una investigación realizada por Eloísa Guerrero Barona de la
Universidad de Extremadura (España) publicada en la OIE Revista Iberoamericana
de Educación. Año 2000, la autora comienza diciendo que “burnout”
es un término que expresa “el que uno está exhausto hasta
perder la ilusión por el trabajo”. Aunque no existe una definición
unánimemente aceptada sobre "burnout” hay consenso en que
se trata de una respuesta al stress laboral crónico, una experiencia
subjetiva que engloba sentimientos, actitudes con implicaciones nocivas para
la persona y la organización. Pero desde una perspectiva psicosocial
es un síndrome tridimensional que se desarrollan en aquellos profesionales
cuyo objeto de trabajo son personas y añaden tres dimensiones características:
el agotamiento emocional, que se define como cansancio y fatiga física
y psíquica; despersonalización, desarrollo de sentimientos y respuestas
negativas y distantes y sumado a un sentimiento de bajo logro de realización
personal cuando las demandas son excesivas para atenderlas en forma competente
A esto se suman las enfermedades profesionales tan conocidas: disfonías,
várices, problemas visuales y de columna, entre otras.
Ultima reflexión sobre el sujeto pedagógico
Podríamos decir que la historia es en general la historia de la desaparición
y reaparición del sujeto, de su reaparición y desaparición
en distintos escenarios, con distintas motivaciones y problemas
Si el sujeto de una época histórica no es la suma de individuos
sino “el imaginario social” de lo que “significa ser sujeto
para esta época determinada”.
Y si el sujeto a su vez, es un individuo humano en su dimensión social
en tanto está “sujetado” a las “prácticas sociales”
y a los “discursos” de su época histórica, que se
constituye a partir de las coincidencias valorativas de las personas, pero también
de las resistencias. Se manifiesta en lo “simbólico” (lenguajes
y valores) y en el “accionar concreto” entre las personas (prácticas
sociales), podemos afirmar que el sujeto pedagógico, a través
de sus manifestaciones, características y práctica cotidiana,
es quien mejor revela la oculta trama de los sistemas educativos, de las políticas
educacionales y de la identidad que históricamente van asumiendo los
mismos sujetos, a veces no descubierta por ellos mismos.
Trelew, Junio de 2004
Bibliografía
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